Entrada destacada

Cómo hacer de tu blog un espacio atractivo (Creando contenido web)

En la era de la digitalización y la comunicación a través de las redes sociales, las empresas de producción y los mismos productores no...

domingo, 17 de septiembre de 2017

El silencio

El silencio, como el sonido, es una parte imprescindible en la creación de proyectos audiovisuales y tiene tanto protagonismo como cualquier otro elemento en la ecuación.
A veces, cuando estamos solos, a oscuras lejos de otro ser vivo, en medio de un espacio amplio, vacío, sin más compañía que nuestros pensamientos, descubrimos lo que está allí a nuestro lado, como un gendarme,vigilando nuestros movimientos, y es entonces cuando sentimos su peso y el dolor que nos causa, es el silencio…

Muy pocas veces nos detenemos a pensar en la necesidad de estar solos, de callar; de escuchar los sonidos a nuestro alrededor. De descubrir que todo cuanto nos rodea emite vibraciones tenues y extrañas; que el viento puede decir más en un susurro que un poeta en una sonata. Que el mar trae consigo historias de amor jamás contadas.

En realidad, lo que hacemos cuando estamos a solas es encender la tele, poner la radio a piñón y cantar a todo trapo, escudriñar las redes sociales  buscando seguidores y alabanzas; huimos de nuestros pensamientos, de nuestros recuerdos, de las imágenes de un pasado que no queremos rememorar. Imágenes que llegan como el golpeteo incesante de un tambor de guerra que resuena a lo lejos, avisando de un enemigo que en la penumbra acecha, recordándonos que nuestras fuerzas no podrán amedrentarlos, que llegarán lo querramos, o no.

El silencio se vuelve entonces ese enemigo del que desconocemos su origen, su fuerza y la razón de su ataque.

Nos armamos entonces de un valor falso, de una valentía inexistente, de un coraje que proviene del mismo recoveco extraño y apartado. No sabemos dónde, cómo o cuándo será el encuentro pero, sabemos que tarde o temprano tendremos que enfrentarle, no sólo a él, sino a todos sus aliados.

Y es que es un contrincante tan terrible que para salir airosos de su encuentro (o evitarle) muchos hombres han osado aceptarle. Beethoven, por ejemplo, sordo como era, vivió sumergido en sus aguas por años y finalmente decidió aferrarse a él plasmando en papel todo aquello que a su mente invadía. No sabiendo qué otra cosa hacer para evitarle creó sonetos, conciertos, sonatas… para él, el silencio no existía, para él, el silencio sería (seguramente) un sueño inalcanzable, un imposible, una maravilla.

Pero todos sabemos que el silencio nos hiere, nos atormenta, aviva en nosotros emociones desconocidas, nos habla de nuestros miedos y deseos más oscuros, o por qué si no enloquecemos, por qué Van Gogh sin más se mutiló, por qué le huimos a las voces en nuestras cabezas cuando el silencio arremete.

Yo, sin ir más lejos, escribo éstas letras con el estridente ruido que sale de un pequeño reproductor de mano, para evitar a toda costa quedarme a solas con ése vacío que acompaña al silencio. Largas, confusas e inusitadas historias e imágenes se forman en mi cabeza cuando el silencio aparece, y cavilo, elucubro, sueño y anhelo sin sentidos, porque, aparentemente, puedo hacerlo.

¿Los sonidos a nuestro alrededor son la causa de que no consigamos muchos de los proyectos que nos proponemos o son sencillamente el resultado de nuestro vago intento de huida? ¿Es el silencio acaso la prueba ineludible de que no sabemos qué hacer con nuestro tiempo, nuestros sentimientos?

En realidad libramos una constante guerra interna donde nuestro oponente es el silencio y sus crueles aliados, porque, seamos honestos, las batallas no se libran solas y el enfrentamiento se hace cada vez más crudo cuando los aliados de tu oponente son la ira, la desesperación, la baja autoestima y el remordimiento.

Una ira que carcome cada célula de tu cuerpo y que es, sin ir muy lejos, el resultado de acumular por años y años, tus frustraciones, fracasos y malas decisiones.

La desesperación causada por el ansia de un poder adquisitivo insatisfecho, influenciado por el comercio y la publicidad; por anuncios concienzudamente (a veces no tanto) diseñados para nublar tu juicio y despertar tu mórbida curiosidad. Una curiosidad que emerge del extraño personaje que te sonríe desde un mundo al otro lado del espejo, que se burla de esos gorditos que te cuelgan del abdomen o del par de arruguitas que decoran el arco de tus cejas cuando sonríes, un fantasma idéntico a tí pero al mismo tiempo tan diferente…

Con un panorama como el que vislumbras en el cristal, qué otra cosa puede nacer de ti más que una sensación de inconformidad con lo que se tiene o no. Es entonces cuando la aguja que mide nuestra autoestima cae en picado y nos obliga a cerrarnos a otros, a tapar nuestro cuerpo con todas las prendas humanamente posibles para que, todas esas imperfecciones, no se noten. Compramos todos los potingues habidos y por haber porque las líneas de expresión, esas que antes a nadie le importaban y le hacían interesante, ahora son la puerta a una vejez prematura e inadmisible.

No en tanto, el peor aliado del silencio es el remordimiento, ése es, tal vez, el verdadero enemigo en esta lucha a muerte por el poder de tu mente.

Ah… los remordimientos… esos preciosos elementos de nuestra vida que nos invaden la mente en los peores instantes, haciendo mella en nosotros, metiendo el dedo en la llaga hasta sentir la palpitante carne viscosa, despertando un dolor punzante en nuestro pecho y accionando nuestras glándulas lacrimales hasta su desbordamiento.

Pero, ¿Por qué es uno de los peores enemigos de nuestra mente un mero sentimiento? Fácil, porque junto al silencio, todas las decisiones que creemos erradas se convierten en pecados difíciles de purgar, en cadenas de grueso y pesado hierro que nos esclavizan.

En silencio, nuestra mente nos enseña cortos animados de nuestro pasado, pequeños retazos de nuestra infancia en los que un pequeño delincuente juvenil, con los pañales cagados, corre a esconderse luego de tirarle del pelo a su prima o tras haber mordido a su hermano aún más pequeño.

Un adolescente lleno de acné, de pie frente a su mejor amigo, exponiendo sus sentimientos, hecho un mar de lágrimas tras la humillación de ser rechazado y vapuleado porque sus inclinaciones son enfermizas, absurdas y antinaturales. O, al mismo chico años más tarde renunciando a su más grande amor porque no es de la conveniencia de sus padres.

Imágenes de un hombre aturdido y temeroso en medio de un calabozo porque tomó dinero prestado y tardó en regresarlo. Imágenes vagas que se mezclan con otras tantas y crean un variopinto tiovivo de malos recuerdos y pésimas decisiones que arrastramos tras nosotros con el paso de los años.

Pero señoras y señores, aún hay esperanza para los humanos! Aún podemos ganarle al vacío, al dolor y al sufrimiento que nos causa el silencio. Nosotros también tenemos nuestros aliados.

Las emociones son algo desconocido y voluble pero como a la arcilla, podemos darles forma a nuestro antojo y usarlas cuando nos sentimos perdidos.

Los humanos hemos aprendido a lidiar con las voces en nuestra cabeza de mil maneras como hinchándonos a pastillas o pagando por tirar platos contra las paredes en algunos locales de dudosa (pero no mal ganada) reputación, por nombrar algunas.

Sin embargo, es en la convivencia con nuestros iguales donde encontraremos todas las herramientas necesarias para vencer al oponente.

¿Qué mejor arma contra una lágrima que una sonrisa?, ¿Qué hay mejor que una broma (mala o no) en momentos de desesperación y agonía?, ¿Existe acaso una armadura capaz de resistirse a una amplia y espontánea muestra de alegría?

Cuando el ser humano esbozó su primera sonrisa descubrió, no sólo la existencia de las caries, sino también, la capacidad de transmitir, de comunicar, de hacerse notar. Conseguimos la atención de los demás y entendimos que podíamos ser mejores y crecer; aprendimos entonces, a comunicarnos, a escribir, a hablar… Dios, a hablar… ¡Menudo coñazo!

Hablar es, después de sonreír, nuestra mejor baza contra el silencio y SIEMPRE hay alguien dispuesto a ESCUCHAR, además, es gratis, sano y ¡No se gasta!
Pero, ¿Qué decir en momentos de desesperación y ansiedad, lo primero que se nos ocurra? ¡Pues claro! No todo en la vida tiene que ser programado, no siempre hay que adornar lo que sentimos o limitar el pensamiento con normas ridículas creadas por nosotros mismos sólo porque queremos parecer “políticamente correctos”, todo lo contrario, es en ésa espontaneidad donde conviven la originalidad y la libertad de expresión y es en ella donde debemos apoyarnos cuando nos sentimos mal.

Nadie nace instruido ni con un manual sobre la existencia y el saber vivir, necesitamos de otros para subsistir, para crear, para crecer e incluso para fracasar. Necesitamos de guía, de un punto de apoyo y muchas veces de que alguien nos empuje (o nos arrastre, según sea el caso) para dar un primer paso.
Callar lo que sentimos no es otra cosa que rendirnos al silencio, ceder al capricho sinuoso de un sentimiento ilógico e inventado por nuestra ignorancia para beneficio propio, un beneficio inexistente, porque en realidad ¿Qué es lo que ganamos? ¡NADA!

Por lo tanto, ¿con quién contamos en realidad para derrocar al tirano que nos acecha, qué armas podemos usar, y cómo y dónde las afilamos? Sencillo, ponte de pie y observa detenidamente a la sombra que se dibuja en tu espejo.

Ahora piensa cuidadosamente, si ése eres tú (con tus michelines, distrofia muscular, caries y todo) y eres perfecto a tus ojos, ¿Crees que esbozar una sonrisa, la más amplia que tengas, y decir en voz alta “NO TEMAS, AQUÍ ESTOY Y TE QUIERO” puede derrotar cualquier temor y daño causado por el silencio?

Si lo has intentado y has llegado hasta aquí, es probable que estés sonriendo en éste momento, esa es una victoria para tí, para mí y seguramente para aquellos que al verte sonreír quieran compartir contigo el momento.

Sé feliz sin motivo alguno, respira profundo, ábrete a otros y deja huella. No tienes que plantar un árbol o escribir un libro para ser recordado, ¡No, por mil demonios! Sólo has de sonreír y todos los bellos sonidos del mundo llegarán a ti para vencer a todos los compinches que llegan cuando aparece el silencio.

Acerca del autor

No hay comentarios:

Publicar un comentario